sábado, 1 de septiembre de 2012

LA BIBLIOTECA DE PIPPI 11


Seguramente no lo recordareis, porque han pasado muchos años, pero la biblioteca de Pippi en Kunterbunt (“Villa Colorines”) era una de las habitaciones que daba al porche donde solía estar refugiado Pequeño Tío. En casa de Pippi no había libros, solo “píldoras”, porque nuestra pequeña y vieja amiga no tenía tiempo para leer más que unas pocas líneas seguidas entre sus múltiples actividades legales e ilegales.
Así pues, su biblioteca estaba compuesta de multitud de hojas sueltas que se amontonaban en confusas pilas sobre las estanterías vacías y la gran mesa camilla bajo la que encendía el brasero de picón.
Hoy Pippilotta Viktualia Rogaldina Shokominza Langstrumpf ha entrado a la biblioteca en uno de los esporádicos momentos en los que se atenuaba su frenética actividad. Ha tomado una de las hojas que esperan polvorientas sobre la mesa y se ha hundido en el sillón que hay bajo el ventanal. Al otro lado Pequeño Tío la observa entre orgulloso y divertido.
-¿Tu de que te ríes? -le pregunta Pippi a través del cristal polvoriento.
Esto es lo que después ha leído.

 
Las dos personas de Berlín a quienes más añoraba Bruno eran los abuelos. Vivían en un pisito cerca de los puestos de fruta y verdura, y en la época en que el niño se mudó a Auchviz, el Abuelo tenía casi setenta y tres años, lo cual, según él, lo convertía en el hombre más anciano del mundo. Una tarde había calculado que si vivía ocho veces los años que había vivido hasta entonces, seguiría teniendo un año menos que el abuelo.
El abuelo regentaba un restaurante en el centro de la ciudad, y uno de sus empleados era el padre de Martin, el amigo de Bruno, que trabajaba de cocinero. Aunque el Abuelo ya no cocinaba ni servía mesas, se pasaba el día en el restaurante; por la tarde se sentaba a la barra y charlaba con los clientes, y por la noche cenaba allí y se quedaba hasta la hora de cerrar, riendo con sus amigos. 

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